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EL TIEMPO ES EL MEJOR AUTOR; SIEMPRE ENCUENTRA UN FINAL PERFECTO de C. Chaplin

No tengo tiempo, decimos; corremos tras él tratando de agarrar el futuro. Sin embargo, el escritor Bertolt Brecht hizo esperar a Godot, y el coronel de García Marquez se pasó toda la obra esperando que le llegara una carta. Les sobraba el tiempo. Las sociedades rurales del pasado medían éste por la fechas patronales y los estados de la Luna. Las mismas sociedades hoy viven en la inmediatez. Poco importa la fecha del calendario si el enólogo dice el día y la hora del comienzo de la cosecha, por ejemplo. En general, la aceleración está presente en todos nuestros actos. Controlamos los tiempos de las tareas, medimos la productividad; corremos, en definitiva, para resaltar el valor de la eficacia. Poco importa lo que dejemos por el camino. Se trata comprimir el tiempo para ser rentables.

La actividad diaria de los procesos está marcada por las fórmulas de la física, en las que se trata de hacer el mayor número de cosas en el menor tiempo posible (podemos aplicar otras: Tiempo = Trabajo realizado dividido por la potencia con que se realiza). Con ello, conseguimos que el tiempo de “vida” de las cosas se acorte porque envejecen con mayor rapidez, quedando inservibles. Tal es así, que ya se pueden hacer museos que recojan cosas que quedaron aparcadas en dos décadas (ejemplo: los teléfonos móviles o todo lo referente a la informática). La Historia ya no la cuentan venerables ancianos sentados en el sillón de su casa. En realidad, quien lo hace lo ejecuta con tal rapidez que se pierde la noción de lo contado.

La abreviación que hacemos de las cosas puede hacer que ignoremos hasta en dónde estamos, y que cuando nos tengamos que definir no sepamos si formamos parte de la época moderna, posmoderna, del estado del bienestar, de la comunicación, de la biotecnología….¿En qué sociedad vivimos? En realidad, es muy posible que para cuando lo hayamos definido ésta haya cambido tan rápido que haya dado, a su vez, lugar a una nueva. La indefinición -el conocer aquello de lo que formamos parte, pero ser incapaces de definirlo- puede crear problemas. De hecho, uno tiene la impresión de que damos tal aceleración a nuestros actos que en la práctica nos hacemos invisibles, y esto se puede concretar en nuestras relaciones de vecindario. ¿Seguro que conocemos a quienes habitan en nuestro propio portal?

En la actualidad trabajamos menos horas que nuestros antepasados. Los franceses incluso tienen la “semana Peugeot”, en la que sólo trabajan cuatro días; pero no podemos estar seguros de que los ratos de ocio resultantes no sean también para seguir acortando los tiempos. Parece que corramos con el fin de atrapar el futuro. Es más, tratamos de preverlo, de saber cómo va a ser. Nuestra incertidumbre trata de anticiparse, y lo hacemos tanto en el plano laboral tratando de ser los primeros en colocar nuestros productos, como en el personal de nuestras relaciones con los demás (queremos ser también los primeros en la cola del autobús, en la frutería,…). Y uno se plantea si tanto alimento ingerido a bocanadas, sin tiempo para una reposada digestión, no dará problemas de estreñimiento para los que harán falta laxantes (de los que podemos hablar en otras ocasiones).

5 Comments

  1. Dicho a toda prisa : me parece una exposición brillante… Y me encantará que hables de esos “laxantes” de la frase final…
    Tempus fugit, amigo Arístides.
    Un abrazo.
    N.B :Espero que estés ya recuperado. Por las letras, eso parece ; – )

  2. Excelentes reflexiones sobre el tiempo. Yo me veo obligado, entre otras cosas, a dormir deprisa. Y me encantaría poder militar en ese movimiento que intenta promover la vida lenta, pero no tengo tiempo.

    Saludos.

  3. Yo tampoco tengo tiempo pero me sobra para leer esta bitacora aunque sean la 1.30 de la mañana.

    Y ahora, me voy corriendo a la cama

  4. Decimos que no tenemos tiempo, pero el tiempo siempre está ahí, siempre es el mismo, lo que ocurre es que no sabemos utilizarlo ni administrarlo.
    Saludos
    Ana

  5. Si pasamos tan rápido por la vida, nos perdemos pequeños detalles que pueden convertir banalidades en placeres indescriptibles. Igual que saboreamos, paladeamos y nos recreamos con la buena mesa, así deberíamos hacer en la vida.
    Las prisas nunca fueron buenas consejeras.

    Un abrazo


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