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LAS RELIGIONES, COMO LAS LUCIÉRNAGAS, NECESITAN DE OSCURIDAD PARA BRILLAR de A. Schopenhauer.

Las religiones se encuentran más a gusto bajo el cobijo de estados totalitarios. Entre otras cosas, porque las prácticas absolutistas que son afines a muchas de ellas se desarrollan perfectamente en sistemas dictatoriales con los que comparten el clientelismo, la sumisión al mensaje del líder, así como su veneración. En cambio, las características de estas religiones casan mal con los estados democráticos en los que los mecanismos de participación, elección y derechos de los ciudadanos están más asentados. De esta forma, durante 40 años los intereses del Estado y de la iglesia católica fueron coincidentes.

Con el fin de la transición democrática la Iglesia se quedó con un mensaje y una estructura que en poco se asemejan a lo que la sociedad civil espera de las grandes instituciones. Lo cierto es que la sociedad se ha secularizado y que el apartado que le queda a las religiones es más bien pequeño, hasta el punto de que éstas se encuentran en clara regresión. A pesar de todo, los popes religiosos se empeñan en que el poder legislativo declare como delitos o fuera de derecho cosas que la moral cristiana considera pecado.

Así es cuando el Papa o sus vicarios en el Estado se oponen a leyes que, afectando a todos, a ellos no les gusta. Pero poco dicen de los acuerdos de 1979 con la Santa Sede que les benefician y que les permiten dotarse de unos recursos financieros que el resto de las religiones no poseen y que, además de poder ser anticonstitucionales, atentan contra la igualdad religiosa. Así es que, mientras la sociedad civil realizó su transición democrática, la religión católica sigue sin saber separar las cuestiones religiosas de las del Estado.

Durante los últimos años las fricciones con el Estado han sido habituales y la mayoría de las veces, porque los católicos no han admitido unas leyes no promulgadas contra ellos, sino a favor de la sociedad civil. Así, no han tenido en cuenta que sus preceptos morales les atañen sólo a quienes profesan su fé, pero que al resto le afectan otros valores o modelos de conducta que no tienen por qué coincidir con ellos. Las grandes religiones, a pesar de vivir en el seno de estados de derecho, aún no han realizado su transición democrática, y en demasiadas ocasiones no mantienen la oportuna separación Iglesia-Estado.

One Comment

  1. Pues la verdad es que si. Guste o no guste, el hecho religioso es un acto privado de cada cual que no tiene porque tener ninguna transcendencia publica.

    Cada uno de nosotros tiene una moral, pero el Estado y el Derecho no estan para regular aspectos que solo afectan a la esfera infima de la persona si no que regula acciones humanas de mayor trascendencia.

    De esta forma, el que una persona no regale algo a su pareja en San Valentin puede ser una conducta moralmente reprochable o no, igual que el poner unos cuernos, mentir, etc. Si no dejamos que el Estado empiece a regular usos sociales, tales como la forma de vestir o normas de comportamiento porque suponen una injerencia infumable, como me repito, en la esfera más infima de la persona, no veo porque el Estado debe permitir que la religión sea la que tenga que dotar de los principìos morales a nuestro contenido legislativo, por muy buenos o muy malos que nos parezcan.


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