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Foto: Arístides

PARA ACCEDER A LA CONCORDIA HAY QUE RENUNCIAR AL EGO. I. Bethencourt

Alemania era el viaje pendiente para entender la historia del siglo XX. Con la excepción de algunos museos de Berlín, quien allí se acerque no encontrará un patrimonio histórico excepcional en ciudades y cascos antiguos. Las guerras marcaron su pasado reciente y ellos con el lema de “menos es más” se levantaron dos veces de sus desastres.

Sólo visitando el Checkpoint Charli -hoy una calle desangelada y de venta de recuerdos- uno puede entender qué cerca estuvo el mundo de una tercera guerra mundial cuando en el año 1961 los carros de combate americanos y soviéticos se estuvieron apuntando en la verja del muro de la vergüenza. Era la época de la guerra fría y durante varios días el mundo contuvo la respiración. Una orden mal dada, un error en la cadena de mando…y la guerra hubiera estallado. Pero la historia tiene sus cosas y en ocasiones arrima el hombro. Tal fue el caso, cuando un líder comunista de la RDA en una rueda de prensa anunció que se restablecía el paso de la frontera para los ciudadanos de las dos alemanias. Omitió añadir que para ello precisarían un visado difícil de conseguir y un pasaporte en regla. Para cuando se quiso rectificar, las agencias de noticias ya habían dado la información, y los berlineses de los dos lados del muro se agolpaban por miles en los pasos fronterizos traspasando los puestos y encontrándose en un abrazo con amigos y familiares. Para cuando el Kremlin quiso reaccionar, la población ya estaba encaramada a las verjas y rompiendo el muro con lo que disponían a mano. Fue el principio del fin de la guerra fría y, junto con los acontecimientos de Polonia, lo que causaría la desintegración del bloque comunista.

Uno tiene la sensación de que entre los alemanes todavía hoy cunde la vergüenza por los acontencimientos acaecidos durante el Tercer Reich. Y para que las generaciones venideras no olviden han construido, junto a la puerta de Brandeburgo, el Monumento a las Víctimas del Holocausto. Allí, en un espacio equivalente a dos campos de fútbol, se hallan más de 2.700 cubos que representan a los más de 6 millones de judíos que tuvieron que huir o que fueron masacrados. Y cuando uno recorría el lugar se preguntaba si no representaba también a los moriscos, judíos o republicanos españoles que en situaciones parecidas sufrieron los mismos males, al tiempo que se interroga por qué en este solar cainita cuesta tanto eliminar los símbolos de un fascismo que regó su suelo de fosas comunes.

Recorrer Frankfurt o Colonia, ciudades bombardeadas por las tropas aliadas hasta destruirlas en el 95 %, justo dos meses antes del fin de la contienda, invitan a pensar si era realmente necesario masacrar a la población civil y hasta qué punto, por muy condenable que fuera el nazismo, era necesaria tanta venganza que hoy, sin lugar a dudas, sería considerada crimen contra la humanidad.

One Comment

  1. A mi la única pena que me dá es la de contemplar como pasan de los gitanos, quienes también sufrieron el holocausto.

    En todo caso, no podemos caer en la tentación de reprochar a los alemanes del presente lo que hicieron sus antepasados porque, de la misma forma, los sudaméricanos podrían hacer lo mismo con nosotros.

    A mi, particularmente, es algo que me molesta que me echen en cara, sobretodo, sabiendo que los que oprimieron a la población autóctona del “nuevo mundo” se quedaron allí, y allí quedaron sus descendientes.

    Lo pasado pasado queda y si bien merece la pena recordarlo, no debe servirnos para sentir verguenza si no para intentar no repetir los errores del pasado.


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