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Hubo dos poetas que eran amigos. Uno, Luis Rosales, dió cobijo a su compañero Federico cuando se sintió perseguido. Allí en su casa de Granada, el amigo fue entregado. El polvo de una cuneta le cubre al hombre que escribió junto al olivo:

En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
…Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
sangraba el costado
de Sierra Morena.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
¡un grito! y el cuerno
largo de la hoguera.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto
?

Hubo también dos hermanos. El uno Antonio era de:

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y María,
de espíritu burlón y de alma quieta.

El otro, Manuel decía:

Yo soy de las gentes que a mi tierra vinieron
-soy de la raza mora, vieja amiga del sol-
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
tengo el alma de nardo del árabe español.

En la batalla, el primero le cantaba a Líster, jefe del ejército del Ebro:

Si mi pluma valiera tu pistola de capitán,
contento moriría.

Manuel le decia al general Franco:

Caudillo de la nueva Reconquista,
Señor de España, que en su fe renace,
sabe vencer y sonreír, y hace
campo de pan la tierra de conquista.

En el frente, Antonio decÍa:

¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.

Y el hermano le contestaba:

Hoy, ante su magnífica ruina,
honor universal, sol en la Historia,
puro blasón del español denuedo,
canta una voz de gesta peregrina:
¡Mirad, mirad cómo rezuman gloria
las piedras del Alcázar de Toledo!

Los dos se apellidaban Machado. Manuel murió en su casa, en la cama; Antonio en el país vecino, de amargura.

Otro poeta, Cesar Vallejo, quiso resucitar a todos García Lorca, Hernandez, Ridruejo.., a todos los muertos:

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “¡No mueras! ¡Te amo tanto!”
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéndole:
“¡No nos dejes!¡Valor!¡Vuelve a la vida!”
Pero el cadáver,¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: “¡Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte!”
Pero el cadáver, ¡ay! ¡siguió muriendo!
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común. “‘Quédate hermano!”
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo. […]

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