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Parece que hay un acuerdo mayoritario en la necesidad de regular el mercado de capitales. Los desmanes de la banca y del libre albedrío han costado dinero y parece ser que no es rentable dejarles acampar a sus anchas. Los estados tuvieron que intervenir y ayudar a sanear las cuentas de quienes nunca han compartido beneficios. Resulta paradójico que nada se hable de regular el marco de actuación de las multinacionales capaces de cambiar estados y alterar el orden económico mundial.

La globalización es un gran mercado, donde los nuevos estados sin tierra se constituyen en auténticos colosos capaces de inclinar decisiones y alterar las conciencias. Según datos de Greenpeace, en el mundo hay 79 multinacionales con casi 800.000 filiales. Son auténticos gobiernos que controlan el 60% de comercio mundial y el 85% de la inversión directa.

Se mueven a través de estados y evaden impuestos en los países del Sur por un valor de 160.000 millones de dólares, por medio de beneficios fiscales y marcos jurídicos débiles. Tienen dimensiones gigantescas e imponen aportes de capital, suelo y modificaciones legislativas para su asentamiento. El 95% de las patentes les pertenecen, dominando la producción, distribución de mercados y las finanzas mundiales. Su interés es el beneficio económico, para lo que supeditan ideologías y se envuelven en halos de opacidad para los propios accionistas y los estados que los acogen.

Asientan su producción en países poco regulados y que disponen de elementos productivos sin unos mínimos de asociación y de sindicación. Se les conocen prácticas depredadoras con el medio ambiente y está documentada su presencia en golpes de estado y conflictos armados. Hacen uso de una imagen verde y ecológica en los países del Norte, mientras que en el Sur producen con el mayor desprecio a la naturaleza, amparándose en legislaciones laxas.

Algunas de ellas, como Monsanto -controla el 90% de las semillas mundiales- o Microsoft -dispone del 88% del mercado de software-, imponen tecnologías y modos de producción. Dominan los mercados mundiales (de las 100 economías más fuertes 51 son multinaciones) y su poder económico (la facturación de las 4 empresas más grandes es superior al P.I.B. de África)es inmenso.

El orden económico mundial debiera establecer mecanismos de control sobre estas nuevas naciones. Será difícil que el G-20 pueda llegar a regular apropiadamente el mercado de capitales, si estos nuevos estados carecen del debido control. No parece muy de recibo que las 500 mayores multinacionales generen el 52% del P.I.B. mundial sin ser sometidas a una supervisión supranacional

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