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Todavía conservo viejos libros de la infancia. Se han ido salvando de la quema porque son de esas cosas a las que les coges cariño y te las llevas en traslados y mudanzas aunque sean un estorbo. Recuerdo bien aquellos ratos interminables del estío, donde no quedaba otra que hechar una siesta o leer la vieja colección Austral. En torno al tedio y a que la programación de la TV comenzaba a la tarde fui devorando todo lo que caía en mis manos. Algunas obras de Azorín los leí entre las sábanas a la luz de una linterna en un acto de furtivismo; luego supe, permitido por mi madre.

 Lo que ahorraba tenía como destino satisfacer mi avidez. Me sentí orgulloso cuando logré reunir 1.000 volúmenes. Los conté varias veces, e incluso soñé con cuántos llegaría acumular. Con mi primer sueldo formalicé el pago aplazado de la Larrouse. Llegó un momento que mi habitación se hallaba repleta de cajas llenas de tesoros importantes. Con la madurez constaté la ridiculez de adquirir libros que sólo leía una vez. Así que decidí hacerlo con mas fruición. Fue entonces cuando comencé a subrayar y poner notas al margen. Los torturé con mis reflexiones y fruto de ello fue la decisión de cortar la hoja por donde iba leyendo. No me pareció pecado mutilar un libro que seguramente no volvería a leer.

Pasado el tiempo la Sociedad General de Autores me prohibió fotocopiarlos. No podía entender -con el esfuerzo monetario añadido que me suponía- que con algo mío no pudiera hacer lo que quisiera. Entendí que en la práctica el libro que adquiría era un arriendo, un préstamo encubierto.

Mi enfado me llevó ha admitir que los libros ocupan espacio, cogen polvo y son una inversión ruinosa. Desde entonces me acerco a las bibliotecas, me surto de ellas y apenas compro. Cuando lo hago termino regalándolo o simplemente dejándolo en un parque, en la playa o en el cajón de un hotel. En alguna ocasión en el metro alguna buena persona ha venido corriendo a devolverme el libro que me dejaba. Siempre di las gracias, pero al dejar el vagón mi primera obsesión era depositarlo en un lugar adecuado, con una nota interior para el futuro lector en la que le deseaba que lo disfrutara.

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