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                 El 29 de setiembre se cumplen 100 años de la toma del Monte Gurugú. Costó borrar la derrota que dos meses antes las tropas españolas habían tenido en el Barranco del Lóbo donde perecieron 150 soldados. El pueblo acogió la noticia como el triunfo de la cristiandad contra las hordas riffeñas que ponían en entredicho el poderío militar español.

                Se pensó que era la antesala de una anhelada paz. El brillante hecho de armas afectaba al honor nacional. Se creía que la “misión civilizadora de España en Marruecos” era grande e importante. El Rey Alfonso XIII, recibió felicitaciones de Diputaciones y Cabildos, al tiempo que se le animaba a poner a trabajar en asuntos productivos a los riffeños.

                Tres días después la exaltación patriótica se vio afectada por la pírrica victoria ante los cabileños en el monte Uiksan. Las bajas fueron numerosas y la realidad dejaba un mensaje de que la guerra sería larga y sangrienta. Lo cierto es que era un ejército abandonado a su suerte por un Gobierno que naufragaba y que no pudo sacar ningún rédito de una absurda guerra.

                Fueron campañas polvorientas donde la tropa, mal equipada, pasaba sed y estaba mal alimentada. Los convoyes de avituallamiento eran asaltados y las tropas tiroteadas en las cañadas del Gurugú.

                Se hace necesario recordar lo que ocurrió hace 100 años, porque algo parecido podría ocurrir en Afganistán. Tan incompresible es lo uno como lo otro. La ministra nos habla de tropas ilusionadas en labores humanitarias; cuando la realidad es que la censura, de facto, sobre lo que allí ocurre es alarmante. La información es escasa y siempre suministrada por fuentes autorizadas. Es unidireccional y proveniente de periodistas que normalmente no están allí desplazados de forma estable. De lo que en esos lares pasa, sabemos poco; entre otras cosas, porque en este país se puede criticar y poner en tela de juicio todo, menos al ejército y a su jefe el Rey de España -que no sé si de todos los españoles- Juan Carlos I. 

                 En Gurugú como ahora en Afganistan la Corona española ejercía un protectorado sobre la región, la censura informativa en el campo militar era evidente, se trataba de trasmitir modernidad y valores occidentales, las tropas eran objeto de acoso por la resistencia, la lucha fue larga y sangrienta y el repliegue militar vergonzoso. 

                 En fin, que uno se pregunta:  ¿qué hacemos realmente allí?

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