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Hay historias que se clavan como espadas y dejan cicatrices que no quieres borrar.
Por eso hoy trascribo esta formidable carta de Rosana Ojembarrena publicada en el XLSemanal en su número 1131. La música la pones tu.

Por fin llegó la despedida de Mariama. Su operación de corazón había sido un éxito, la niñita negra y tímidase se recuperó estupendamente y tenía que volver a su país.
Recuerdo la primera vez que la vi. Era mi primera noche de guardia en el hospital como voluntaria y me asaltaban mil dudas. ¿La entenderé, conectaré con ella?. ¿Cómo será después su vida en un país donde sólo tiene un cielo inmenso y una tierra seca como la mojama? Pero todo desapareció cuando sentí sus labios en mi mejilla y me enseñó, orgullosa, su cicatriz. La noche fue larga: sentía su mano agarrada a la mía sin soltarse.
Imaginé a su madre pidiendo a su Dios que su niñita estuviera en manos de otra mujer, que sentiera como madre el dolor de los hijos. Pedí a mi Dios que ella sintiera mi calor hacia su niñita, el calor de todos los padres y madres que de alguna manera sentimos a su niñita como nuestra. Sentí que volvía a un futuro incierto, pero ¿acaso no es el futuro incierto para todos?. ç
Me contaron que no quiso llevarse ningún juguete, sólo ropa. A pesar de sus 7 años sabía a donde iba y que su estancia en el mundo mágico donde hay de todo había acabado. Besó a todos y nos dejó sus sonrisas y su calor infantil.
Buen viaje, Mariama. Quizá no te vuelva a ver más, pero siempre estará en mi corazón.

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