Skip navigation

Monthly Archives: enero 2010


LA VIDA NO VIVIDA ES UNA ENFERMEDAD DE LA QUE SE PUEDE MORIR de Carl G. Jung

Desde que están aumentando las tasas de paro tengo una amiga -psicóloga de profesión-, que no da abasto en tratamientos contra la depresión y la ansiedad. Me dice que es consciente de que algunas personas abandonan la consulta por falta de recursos y que otras posiblemente no le abonen los honorarios nunca. Cree en la escucha activa y en su buena práctica profesional pero, al igual que sus pacientes, conoce bien cual es la mejor solución a sus desgracias.

Piensa que es un mal contagioso que se está desarrollando en el imaginario colectivo de un país sumido en la desesperanza y la culpabilidad por haber hecho las cosas tan mal. No se puede cargar la responsabilidad de lo ocurrido a nadie en concreto; en especial, cuando hemos llegado a esta situación por causa de nuestra cultura laboral y nuestra laxitud al encarar la vida. No fuimos previsores en la época de bonanza y ahora, que tenemos las siete plagas de Ejipto sobre la cabeza, nos lamentamos y lloramos como Boabdil lo hizo al entregar las llaves de una ciudad construida para el disfrute de los sentidos.

Precisamos de proyectos ilusionantes, de esos que ponen las pilas a un país porque se la juega ante el mundo. Necesitamos reconocernos en la adversidad y encarar retos que transciendan nuestras fronteras, porque ahí sí podemos poner a funcionar al sistema productivo con un objetivo común. El mazazo del paro nos ha puesto de rodillas; pero con la cabeza agachada y el lamento torpe no nos va ha llegar el maná como a Moisés en el desierto. Lázaro estaba muerto y le lloraban hasta que alguien le dijo “levantate y anda” y al igual que el Fénix alzó el vuelo desde sus cenizas. Este país necesita creer en su iniciativa, cada uno a su nivel, con el autoempleo si es preciso, y empezar a tomar decisiones que le permitan desarrollar empresas.

Cada individuo tiene su talento y es el momento de sacarlo a la luz, y comenzar a poner en valor esas grandes capacidades que tenemos. En este desastre no podemos esperar a que la ayuda internacional venga a sacarnos de los escombros. Tendremos que ser nosotros solitos, quienes con nuestro buen hacer, nuestra previsión y nuestros recursos emprendamos proyectos que nos ubiquen en la realidad del mundo en que vivimos. Busquemos nuestro nicho productivo y hagamos de nuestro aguardiente el “agua de vida”.

No podemos vivir de lamentaciones, y menos cuando es tiempo construir nuestras vidas dando lo que tenemos, con una conciencia de que queremos y podemos; cada uno a su nivel, pero con la determinación de que somos capaces de hacerlo. Habrá que realizarlo con nuevos modelos de producción, con otras reglas de trabajo y hasta quizás, dejándonos pelos en la gatera. Pero… hagamoslo, ¡hostias¡.


EL TRABAJO ENDULZA SIEMPRE LA VIDA, PERO LOS DULCES NO LE GUSTAN A TODO EL MUNDO de R. Hugo

Posiblemente el más célebre de los epitafios sea aquél de Groucho Marx que dice: “Perdonen que no me levante”. Lo cierto es que en su tumba en el Eden Memorial Park de San Fernando, Los Ángeles, no figura ninguna frase. Tan sólo unas fechas y la estrella de David. También es famoso el de los trescientos espartanos que, capitaneados por Leónidas, se sacrificaron en las Termópilas: “Pasajero,ve a decir a Esparta que hemos muerto aquí en defensa de sus leyes”. Quien haya estado allí, dará fe de que el legendario paso ya no existe y en su sustitución hay un monumento horroroso que en el área de descanso de la carretera los recuerda para disfrute de los turistas.

Son muchos los que no se corresponden con la realidad y lo cierto es que no son más que frases agudas con cierto ingenio. Entre las inmortales se encuentra la que se dedicó a sí mismo el escritor Miguel Mihura:“Ya decía yo que ese médico no valía mucho”. He encontrado una que dice: “Murió vivo” atribuida a Antonio Gala y otra de Gabriel L. Echeagaray: “les dije que estaba enfermo”; serían buenas y breves, si no fuera porque ambos se ausentaron de su funeral.

Alfred Hitchcock pensó poner en su lápida, aunque luego no lo hizo, aquella de “Esto es lo que les pasa a los chicos malos”. Tampoco es verdad la que aparece en un videojuego de Fable: “Me estás pisando la cabeza”.

Son muchos los anónimos y casi todos falsos, como:
Los dedicados por un marido en la tumba de su suegra: “Tanta paz encuentres, como tranquilidad me dejas” y “Aquí yaces y yaces bien, tú descansas y yo también”.O ese otro: “Con amor de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada”.

Se dice que en Cementerio de la Almudena en Madrid hay uno que añade: “Aquí estoy con lo puesto, y no pago los impuestos”, y otro en una tumba de Guadalajara: “A mi marido, fallecido después de un año de matrimonio. Su esposa, con profundo agradecimiento” a los que acompaña uno de Minnesotta: “Fallecido por la voluntad de Dios y la ayuda de un médico inepto”.

Hay otros que no he podido saber si son verdad, pero me han hecho sonreir:
“Si no viví más, fue por que no me dio tiempo” Marqués de Sade
“Estoy aquí en el último escalón de mi vida. Marlene 1901-1992″ Marlene Dietrich
“Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”. Miguel de Unamuno



EL CEREBRO SUPONE EL 2 POR CIENTO DE NUESTRO PESO, PERO CONSUME EL 20 POR CIENTO DEL OXÍGENO NECESARIO

Marcus E. Raichle

En este solar ibérico, en el que la porfía y la envidia son “deporte nacional”, tenemos a bien discutir por sucesos del pasado. Solemos mostramos convencidos de que la percepción que tenemos de las cosas ya ocurridas es la correcta. Nada más incierto. Sabemos que la memoria guarda mal los datos almacenados en su interior. Sirve para interpretar las impresiones que de orden general allí quedaron grabadas, pero es muy imprecisa en pormenores y detalles. Incluso altera las fuentes, influenciada por nuestras conviccines sobre lo ocurrido.

Los sucesos recordados son difíciles de expresar. Para ello utilizamos palabras y sensaciones, sirviéndonos de unos grafismos que son generalidades. Nunca podrán concretar exactamente lo recordado. La distorsión es evidente, acentuada porque la principal tarea del cerebro es la de predecir qué puede ocurrir con el fin de reaccionar ante ello. Así, vivimos con una imagen fabricada del mundo, y el trabajo de la conexiones neuronales es el que nos permite percibir y procesar la información que recibimos comparándola con la ya almacenada. De esta forma, el cerebro ofrece las respuestas que cree adecuadas.

Por lo tanto, no parece muy apropiado que en nombre de la espontaneidad y la llaneza nos creamos autorizados para hablar del pasado diciendo lo primero que se nos ocurra. La duda será nuestra única certeza, acompañada de la interrogación sobre lo sucedido. Si, a pesar de todo, la porfía existe, que sea con la esgrima de las palabras y sin morir en el intento, porque no hay cosa más estúpida que hacerlo por algo que no se sabe.


El salirse de lo corriente está al orden del día, aunque para ello haya que decir imbecilidades; para muestra, las habituales declaraciones de los políticos, que no tienen sentido. Algunos gansos han puesto de moda lanzar zapatillas anudadas sobre tendidos eléctricos o lugares de difícil acceso con el único objetivo de suscitar un comentario de asombro.

Hay a quien le dio por atar candados a las barandillas, y como la estupidez siempre tiene amigos, no faltó quien le emulara atando maletas u objetos llamativos. Ya no se trataba de robar los sillines de las bicis así aparcadas. Lo moderno es colocar cadenas a farolas sujetando un neumático de automóvil o lo que la imaginación y el presupuesto permitan.


A otros les mola más acudir a citas por móvil, que nadie sabe cómo empezaron; en ocasiones disfrazados, para una vez en el lugar realizar una acción que no siempre se sabe qué va a ser o si simplemente va a acudir alguien. En EEUU, que en esto siempre han marcado la iniciativa, se está poniendo de actualidad el “No pants subway ride” (“Viaje en metro sin pantalones”). Y claro, hay fulanos que viajan de esa guisa marcando tendencia.

Hay empresas que ya utilizan estas patochadas para hacerse publicidad, como la de esa revista que juntó a ciudadanos con el fin de darse almohadazos en una plaza. Es imperativo que las acciones sean llamativas con su puntito de originalidad. Por lo general son simpáticas y adornadas de atractivo.

CHASCARRILLOS DEL PASADO

En el quinientos del milenio pasado, y ante la gran proliferación de pobres, las autoridades se vieron en la necesidad de emitir cédulas -hoy lo llamaríamos carnés- que autorizaban la mendicidad. En su dispensa participaban el cura párroco y la autoridad civil o representante de la Justicia. Se emitían por Pascua de Resurrección y se renovaban anualmente, después de cumplir con los requisitos de la penitencia y la comunión.

En cada parroquia había dos vecinos encargados de llevar el censo. Con ello se pretendía poner freno al vagabundeo y la picaresca; por otra parte, imposible de erradicar por muchos datos de carácter personal que mostrara la cédula y la amenaza de cuatro días de cárcel la primera vez, el doble la segunda con destierro de dos meses y la posible condena a galeras en la tercera.

Cuatro son los casos especiales que contemplaba la ley:
- Los peregrinos extranjeros en el Camino de Santiago.
Siempre que lo hiciesen sin salir de sus proximidades y no se aposentaran excesivo tiempo en un lugar.
- Los frailes.
Debían tener licencia de sus obispos, condicionada a una causa justa y limitada a un tiempo y lugar.
- Los estudiantes.
La cédula la autorizaba el rector y estaba limitada al lugar en que el joven realizaba sus estudios.
- Los ciegos.
No precisaban licencia, estando confesados y comulgados, para pedir limosna en los lugares de donde fueran naturales.

Las puertas de iglesias, santuarios o ermitas eran el lugar habitual de sus retahílas, exposición de males y oraciones a todos los santos. Allí, la picaresca se mezclaba con la mendicidad y el vagabundeo de baja calaña en busca de botín. Entre ellos se encontraban también los que pedían por otros. Estos eran los “mendigos vergonzantes”, que estando en situación de graves penurias no se sentían capaces de mendigar.

Fuente: SOMBRAS Y LUCES EN LA ESPAÑA IMPERIAL de Manuel Fernandez Álvarez

CADA PERSONA ES DUEÑA DE SU SILENCIO Y ESCLAVA DE SUS PALABRAS

Haití ha hecho saltar las alarmas. Los países occidentales han reaccionado tarde, descoordinados y con más voluntad que eficacia. Todos estamos asistiendo al espectáculo dantesco que han dejado los temblores de la tierra. Nos alarmamos ante las deplorables condiciones materiales sobre las que los médicos están atendiendo a las víctimas, y en un abrazo colectivo, se nos encoge el alma y pensamos que eso no se puede volver a repetir.

Por otro lado, África está gritando y no la escuchamos. El seísmo de Haití lo lleva padeciendo una eternidad un continente entero. Parturientas que dan a luz solas en el bosque, hospitales inmundos donde, a falta de sanitarios, se practica la medicina popular ejercida por brujos y personas de buena fe. Comunicaciones que desaparecen en la época de lluvias y ayuda humanitaria que nunca llega a personas, mal vestidas y peor alimentadas, en el mejor de los casos con un plato de arroz.

El continente se desangra en un tsunami de sida, malaria, fiebre amarilla y una falta alarmante de dispensarios médicos. No cabe poner nombres o señalar con el dedo; es África entera la que grita que ella es Haití. Habitamos un mundo de dos velocidades en el que nuestras conciencias reaccionan ante las imágenes televisivas de la devastación.

Esta Europa opulenta, que se queja de unas miserias que son riquezas en otros lugares, no quiere ver a niños desnutridos ni le interesa la población que vive en guerras enquistadas. Da la espalda a genocidios, con los que se escandalizará luego, cuando los vea en el cine y mientras, permanece impasible ante las hambrunas que asolan a un continente entero, falto de los recursos mínimos de escolarización, vestido y alimentación.

Haití es el país más africano de América. Lleva la piel del azabache y muere, en este caso, porque la naturaleza lo mata; pero antes, ya padecía en su sangre ante el olvido de todos, en un acto de confraternización, la negrura del continente hermano.


Si os gusta viajar, Estambul es una ciudad que no podéis dejar de visitar. Capital del Imperio Romano, Bizantino y Otomano; vivió siendo Bizancio, Constantinopla y en la actualidad Estambul. Situada entre dos mares, el Mármara y el Mar negro; dos continentes, Asia y Europa y dos concepciones de entender la vida, occidental y musulmana, es una caótica ciudad -con 15 millones de personas- asombrosamente bella en su parte antigua.

Si llegáis en avión y cogéis un taxi, es bueno que pactéis el precio con anticipación (aprox. 40 liras). La ciudad es grande y el caos circulatorio es proporcionado a su magnitud. Es imprescindible que busquéis un hotel en la parte antigua de la ciudad. Los hay buenos y asequibles (desde 150 liras). Disfrutad de la ciudad -que en su parte moderna ofrece los mismos comercios que cualquiera europea- con tranquilidad y si sois varones aprovechad para rasuraros la barba a navaja (cuidad que la cuchilla se desinfecte bien) o acudid con vuestra pareja a un baño turco.

Los precios son más baratos que en España y el cambio lo podréis realizar en hoteles y bancos sin ninguna dificultad (1 euro son 2 liras). Las entradas a monumentos varían de 10 a 20 liras y una cena para dos personas os podrá salir por 45 liras.
Es importante que vistáis de forma recatada para entrar en las mezquitas. En algunas de ellas disponen de ropa para prestar en caso de necesidad.

El kebab, como le conocemos nosotros, es un invento moderno de un turco afincado en Alemania. Originalmente se hacía con pechugas de pollo o carne de cordero. Por 4-5 liras lo podéis encontrar. Prestad atención y aseguraros; sino, estaréis comiendo el mismo producto prefabricado que aquí. No tendréis dificuldad para encontrar puestos de comida rápida, tabernas o restaurantes. Si disponéis de tiempo, el lugar adecuado es la Plaza Taskim o la Paza Sultanhamet (cerca de Santa Sofía y más caro). En el Palacio Topkapi también lo podréis hacer con unas impresionantes vistas del Bósforo. Es típico el té de manzana y el café herbido varias veces.

En Estambul el fútbol es una fiebre y ésta se reparte entre el Fenerbahçe y el Galatasaray. Tenedlo presente, aunque no os guste, porque os proporcionará una forma de entablar conversación. Cuidad los temas que traten de Armenios, Kurdos y de sus vecinos Griegos. En ocasiones son espinosos y es mejor, en un principio, ser prudentes. En cambio, suelen ser muy bien acogidos, los comentarios positivos sobre Atatürk, padre de la Turquía moderna y causante del estado laico que es hoy el país. Como curiosidad, deciros que a quien hable euskera le llamará la atención la cantidad de palabras que comparten raíz con el turco.

VISITAS:
MEZQUITA AZUL:(Siglo XVII) Es la más importante de la ciudad.
SANTA SOFIA: Construida hace 1.500 años, es una obra maestra del arte bizantino.
PALACIO TOPKAPI:Lugar de residencia de los sultanes hasta el siglo XIX.
CISTERNA BASILICA: Antiguo aljibe de la ciudad, hoy iluminado y transitable
TORRE GÁLATA: Inicialmente hizo de faro y en la actualidad es una de las torres más antiguas del mundo.
SAN SALVADOR EN CHORA: Es uno de los mejores ejemplos del arte bizantino
GRAN BAZAR: Sus 3.600 tiendas en 64 calles numeradas, constituye el mayor mercado del mundo.
BAZAR DE LAS ESPECIAS: Lugar para comprar especias y delicias turcas.
PASEOS POR EL BÓSFORO: Lo mejor es contratar las excursiones en Torre Gálata. Es conveniente llegar con tiempo suficiente para coger asiento.

EXCURSIONES: En el interior podéis visitar La Capadocia. Lo más barato es realizarlo en autobús. Podréis pasear por las casas realizadas en la piedra de las montañas, las primeras iglesias cristianas y la región de los hititas. Son los lugares adecuados para comprar regalos. Los precios son más baratos que en Estambul. En el camino podréis visitar Ankara, la capital del país (no merece la pena).

Otra opción, para el verano, es navegar por la costa en veleros de alquiler.

En memoria de LUCRECIA PÉREZ, emigrante asesinada el 13 de Noviembre de 1992, por “puras sangres” que salieron a la caza del extranjero.

Resido en zona franca y como cristiano viejo puedo demostrar que mis 12 apellidos atestiguan mi pureza de sangre. Entiendo perfectamente a ediles como los de Vic y comprendo sus temores; al igual que entiendo la expulsión de los judíos y moriscos por parte de los Reyes Católicos.

Soy capaz de racionalizar todo ello y a pesar de todo, he hecho de mi hogar una casa patera. En ella estamos inscritos más de los que vivimos. El último se llama Diagne y es un sonriente negro de la etnia wolof. En el Registro de mi población ya están acostumbrados a mÍ y a gente como yo. Saben que lo hago porque no me puedo engañar. Conozco el norte de África y he presenciado su salida en cayuco, desde Senegal, con lo puesto y una mano en el corazón. No me puedo mentir porque estoy seguro que en algún momento de la historia mi sangre se mezcló – no puede ser de otra forma- con la de algún moro, judío, celta o íbero.

Tengo pureza de sangre, pero soy descendiente de algo tan secular como la migración, y porque sabiendo que ha sido por hambre y necesidad, prefiero hacer un hueco en la mesa al que viene, respetando el derecho a viajar que le asiste para buscarse la vida en una tierra que es de todos.

Cuando les miro a los ojos me veo a mí y me preguntó si no podría ser yo. Presiento que un virus de intolerancia se ha instalado en nuestra sociedad, cada vez más cerca de la suya -los medios de comunicación todo lo acercan-, pero a la vez más lejana, acentuada por unas diferencias abismales. No podré alegar nunca, como hicieron los nazis en Nuremberg, que no lo sabía. Los he conocido desnutridos, viviendo en chabolas inmundas, y mirando al Norte como su única esperanza. Fui viajero opulento entre ellos y desde entonces no me puedo engañar.

Me duele que quienes somos hijos de la emigración de los años 60 no sepamos reconocer en sus miradas el oprobio que sintieron nuestros padres. Les siento pasar a mi lado y sé que tienen nombres, a pesar de que les innominemos bajo tópicos y esteriotipos, que me recuerdan que no son fantasmas cuando pasan junto a mí. Entiendo a quienes dicen que les quitan el trabajo, pero no puedo olvidar que éste es un derecho universal y que en un país
en el que nos dejamos hasta las cejas jugando a la lotería, hay algunos a los que ya nos tocó el gordo al nacer.

LOS HOMBRES SON COMO LOS VINOS: LA EDAD AGRIA LOS MALOS Y MEJORA LOS BUENOS de Cicerón

Hay ocasiones en las que uno ve el mundo de otra manera, en las que en definitiva, se le alegra el alma. No puede ser de otra manera, cuando se entera de que el equipo parolímpico español obtuvo siete medallas en la prueba del Campeonato del Mundo de Esquí Alpino. Uno se pregunta cómo estos participantes con deficiencia visual son capaces de superar tales obstáculos. No puedo dejar de admirar su arrojo para lanzarse en el gigante o en el eslalon; más, cuando el que suscribe, tiene tanto respeto a eso de la nieve y en lo único que piensa es en el pino, porque siempre hay uno, contra el que se la va a dar.

En este solar, en el que cada cual se unta su ombligo, somos campeones en donaciones de órganos. Ganamos ampliamente a EEUU y al resto de Europa. Los vemos por el retrovisor con 4.000 transplantes y 1.600 donaciones y no son más, se nos dice, porque han disminuido los accidentes de tráfico. Somos así, capaces de donar nuestros órganos al mismo tiempo que previamente le hubiéramos dado una cuchillada en la espalda. Viscerales, pero también nobles; que lo cortés no quita lo valiente.

Y a uno que disfruta con las buenas noticias y procura hacerse eco de ellas, se encuentra con que en San Sebastián dos personas han devuelto, sin dudarlo, un sobre con 42.000 euros y un cheque de 20.000 euros que hallaron en la calle. No es que se lo encontraran, se lo llevaran a casa, lo contaran y decidieran qué hacer: lo normal, ante tal cantidad. Simplemente lo cogieron, lo vieron y se dirigieron a un agente que patrullaba en motocicleta. A éste sí que no le entraba el casco en la cabeza cuando lo vio, de la misma manera que levitó su dueño cuando recibió de la Policía Municipal la pasta gansa.

Pues bien, hoy me voy a trabajar un poco más tranquilo. He comprendido que no estamos para pequeñeces, que lo que nos mola -como en la historia de Ibai- son las grandes obras; porque para miserias ya tenemos bastantes todos los días.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.